Hoy me vino a la memoria una frase que leí alguna vez, no la recuerdo exactamente pero era algo así: “Lo que me entristece de la muerte es no volver a ver el cielo ni los amaneceres” (no pude encontrar donde la leí, creo que es Carlos Ruiz Zafón, pero tambien puede ser de Borges o Sabines o de tantos otros). Siempre me encantó mirar el cielo, el azul celeste pleno de horizonte a horizonte, un degradee infinito desde el violeta al negro tan perfecto que ninguna pantalla puede reproducir; o todas las variantes de nubes generando matemática fractal; o el esbozo de la vía láctea en una noche oscura que pone en perspectiva lo minúsculo de nuestra existencia. Y podría seguir un rato jugando al poeta, pero hasta ahora nunca había mirada el cielo como un posible centro de datos, el hogar de las nuevas generaciones de inteligencias artificiales.
La fascinación sin duda que no es solo mía, me imagino que desde que supimos que somos y levantamos por primera vez la mirada al cielo surgió la admiración, el asombro y la duda. Y como especie curiosa por naturaleza, el deseo de conocer y explorar. Si resumimos nuestra aventura en un pestañeo vemos: el inicio en1957 cuando Sputnik 1 se convertía en el primer objeto humano en el espacio, en el 61 con Yuri llevando por primera vez nuestro ADN fuera nuestro planeta o la sonda Venera 7 sobreviviendo solo unos minutos a las condiciones de la superficie de Venus (a pesar de lo cual en 1982 logró enviar la primeras imágenes a color de su superficie). También la despedida de los vuelos tripulados a la luna en 1972 (que en estos días luego de casi 54 años se retoman) y la vida permanente de nuestra especie en orbita (desde la MIR Rusa, la EEI y la Tiangong China); llegando a la Voyager 2 lanzada en 1977 que se encuentra saliendo de nuestro sistema solar a 21.000 millones de km todavía mandando información. Pasando por los robots en Marte (incluyendo el primer vuelo propulsado en otro planeta por el helicóptero Ingenuity en 2021) y una máquina del tiempo tan precisa que nos permite ver el origen mismo del universo el James Webb que logro dejar atrás la revolución que había significado el Hubble. Y esto es solo un parpadeo.
Por mucho tiempo la humanidad se lanzó al espacio solo por curiosidad por querer conocer, pero mas recientemente el espacio se convirtió un activo mercantil, los satélites de comunicaciones, GPS o de internet van poblando la órbita, algunos mas cerca otros mas lejos. Y ahora parece que se suman a la fila los centros de datos reclamando su lugar, fundamentalmente para procesar la inferencia de inteligencia artificial.
Y ¿por qué en el espacio?, básicamente por energía y refrigeración. Por ejemplo en órbita, especialmente en las heliosincrónicas la exposición solar es casi continua, con un suministro estable 24/7 con una irradiancia un 36% superior a la de la superficie y por otro lado el vacío espacial permite disipar calor mediante radiación pasiva hacia el frío absoluto del espacio. Parece simple, pero también hay mucho que resolver.
El espacio es hostil, la radiación ionizante puede destruir el hardware que se degrada rápidamente si no cuenta con blindajes. Incluso con protecciones, empresas como NVIDIA han tenido que diseñar módulos como el Space-1 Vera Rubin con arquitecturas tolerantes que permiten reinicios periódicos ante fallos. Además, la logística no es simple ni barata. Hoy, poner un kilo en órbita cuesta cerca de 3.000 dólares, pero para que estos centros de datos sean rentables, el precio debería caer por debajo de los 200 dólares, una promesa que depende de la reutilización total de megacohetes como el Starship de SpaceX. Sumando a que cuando mas crezca la nube de satélites y más basura espacial se sume a una órbita aumentan las maniobras constantes de evasión y estrategias de desorbitación para que la red que quede tapada por sus propios escombros. Y también está el tema de la latencia, que es el tiempo en que tarda en llegar la información desde el espacio a nuestros dispositivos, debe ser mínima para no agregar tiempo adicional al procesamiento; en este punto StarLink ya marca el camino y la reciente compra de xAI por parte de SpaceX lo dice todo. Y no solo las empresas de Elon, sino que Blue Origin, Alibaba, Nvidia y otras ya están en vuelo; con planes de millones de satélites en orbita en los próximos años.
Sin embargo, como todo, este avance tiene costos. Desde la basura espacial y el síndrome de Kessler hasta la contaminación visual. Ambas cosas pueden hacer cambiar para siempre lo que vemos al levantar la vista al cielo.